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El otro día asistí al Pregón de la Semana Santa aquí, en Motril, en el Teatro Calderón.
 Finalizado el Pregón, comenzó a sonar de forma solemne y potente, combinando trompetas, tambores, platillos, clarinetes, saxofones… la Banda de la Asociación de Pitres. Magnífica. Emocionante. Impecable.

Me volvió a pasar lo mismo que me ocurre cada Semana Santa, cada domingo por la mañana, cada fiesta en la que vecinos y vecinas de Motril nos reunimos a celebrar: ese pellizco. Esa punzada breve y obstinada que aparece sin pedir permiso. Mientras escuchaba la música, no pude evitar pensar en lo que ya no está: en la Banda Municipal de Motril. Nuestra Banda.

No hablo de un capricho. No hablo de “una actividad más” en la agenda cultural. Hablo de una institución con ciento cuarenta y cinco años de historia. Ciento cuarenta y cinco. No es una cifra: es una biografía colectiva. Treinta y cuatro músicos. Generaciones enteras creciendo al ritmo de sus marchas. Y desapareció.

Desapareció en manos del gobierno del Partido Popular en Motril. En aquel gobierno en el que estaban nuestra actual alcaldesa, la señora Luisa María García Chamorro, el señor Carlos Rojas, el señor García Fuentes… Los mismos que hoy siguen gobernando nuestra ciudad. Los mismos que hoy se hacen fotos y pronuncian discursos sobre tradiciones, orgullo local y “lo nuestro” como si la memoria fuera un decorado de quita y pon.

Nos dieron explicaciones. Nos hablaron de razones técnicas. Envolvieron el asunto en papeles, procedimientos, economía… términos que suenan a inevitables. Ya saben: cuando alguien quiere que aceptes una pérdida sin protestar, te la presenta como si fuera un fenómeno meteorológico.

 “No se puede”. “No es viable”. “No hay alternativa”.

Al final lo único que queda es lo único real: el silencio. El silencio donde antes sonaba nuestra Banda.

Una ciudad puede acostumbrarse a muchas cosas, pero hay silencios que no deberían normalizarse nunca, porque no son neutros. Son silencios impuestos. Huecos. Ausencias con responsabilidad.

Aquí viene la parte que más retrata el asunto: el problema no es que Motril “no pueda tener música”. Claro que puede. Lo demuestra cada vez que se contrata una banda o un concierto externo. El problema es que se renunció a tener la nuestra.
 Hoy contratamos músicos de fuera. Hoy pagamos actuaciones puntuales. Hoy llenamos el expediente y salvamos el acto. Nadie está señalando a quien viene a tocar. Al contrario. A veces nos sostienen el momento con una dignidad que ya quisiéramos ver en algunos despachos.

Pero precisamente por eso duele más: confirma que lo que falta no es sonido. Lo que falta es identidad.